Illes Formigues

El día era gris. El paso del agua al cielo era un sutil degradado. Solo el movimiento violento del agua la hacía perceptible. Contrastaban las islas, aunque no demasiado. Como un recorte oscuro. Una espuma blanca ascendía por ellas. 


Nos pusimos los neoprenos, inflamos las boyas. Indicamos algunas referencias geológicas que usaríamos como coordenadas. Salvo el paso inicial entre calas, el trazado hacía las islas iba a ser intuitivo y directo. Al entrar hice unas primeras brazadas largas y estiradas, como tratando de asegurar la flotación. Luego empecé a brazar más rápido y fuerte. Teníamos que coger temperatura. Era 30 de diciembre.


El viento azotaba el cuadrante de tela de lino beige oscurecida. La embarcación había salido una soleada mañana de Hispalis y se dirigía a Narbo. Llevaban doce días de viaje y llegarían -a buen ritmo- al día siguiente. Nueve tripulantes custodiaban dos mil ánforas de garum. Trabajaban en ese momento en tareas de mantenimiento y vigilancia. El atento vigía parecía una prolongación del mástil.


El grupo se había dispersado. Una ligera niebla nos impedía ver con claridad. Apenas se veían algunos riscos en la orilla y el color naranja de las boyas esparcidas sobre la superficie del agua. Al acercarnos, el pequeño inconveniente que habíamos venido sorteando cogió dimensiones más considerables: un muro de pelagias flanqueaba las islas. Podía haber centenares. Intentamos concienzudamente trazar una maniobra de esquiva que resultó inviable. El segundo inconveniente también se había agravado: la niebla cubría por completo las islas.


La embarcación había dejado de ver por completo la orilla. El vigía era una silueta intermitente y oscura para el resto de tripulantes en cubierta. Se oyó un aleteo y unas sombras circundaron el barco. Avanzaban a poca distancia del agua. Eran cormoranes en una carrera de ascenso. Los tripulantes conocían bien su comportamiento y había una sola interpretación posible: tierra inminente. Dos tripulantes saltaron inmediatamente hacía la popa para coger los remos mientras un tercero pretendía largar escotas. No hubo tiempo ni posibilidad de maniobra.


Noté la quemazón en el cuello, como unos cabellos largos. Noté el cuerpo gelatinoso entre los dedos al apartarla. Miré el reloj. El GPS había triangulado mal. La distancia no era la correcta y afectaba directamente a los datos de velocidad y ritmo. Mientras nadaba y pensaba en ello, valoré la posibilidad de que realmente no fuera así, de que el reloj estuviera en lo cierto ¿El no tener puntos de referencia entre la niebla pudo llevarnos a recorrer tal distancia? ¿La habíamos recorrido tan rápido? 


La bodega se abrió en dos. El agua irrumpió por estribor. Se oyó el crujir de la madera y el romper de las ánforas.  Los tripulantes proferían gritos y maldecían. El timonel llevaba una carta naval en la mano y miraba las indicaciones del itinerario. Algo había fallado. Había un texto descriptivo en ese punto del recorrido y lo que parecía una advertencia. Junto a esas líneas, unas pequeñas manchas de tinta como pequeñas hormigas le habían parecido un error sin importancia. El barco troceado se sumergió hasta acomodarse entre las rocas a cuarenta y cinco metros de profundidad.


De vuelta cada brazada parecía romper un témpano de hielo azul.  Entré en una corriente más fría con un fuerte olor terroso y a pescado en descomposición. Pensé en algún palangre abandonado o una carga de pescado extraviada. Llegamos a la arena tras un dificultoso paso entre las piedras. Aparté con la mano un trozo de madera ennegrecida y quebrada. Volví la vista y miré las islas recortadas. Se secaban en ellas las alas, oscuros cormoranes.

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