
Funguswatcher abrió un ojo. El otro lo tenía herido, hinchado. Inclinó su rostro y vio su reflejo en el agua. Abrió fuertemente la boca soltando un hálito vaporoso. Ladeó la cabeza y contempló sus colmillos mugrientos y afilados. Estaba sucio, tenía el hocico ensangrentado. El pelo negro y grueso alrededor del rostro estaba lleno de barro.
La red de reactores nucleares calentaba el suelo por encima de los 0ºC . El hielo se derretía y el agua se deshacía en vapores. Un brebaje de fitoplancton y bacterias producían la cantidad precisa de aerosoles sulfatados para llenar el cielo de nubes. Corrientes de aire las movían hasta los lugares programados, dónde colapsaban, y en ese mismo instante, el agua estaba de vuelta…
¡Splash! El agua le salpicó en la cara. La perturbación desdibujó su reflejo. Funguswatcher alcanzó la piedra más cercana y asible en un acto reflejo y soltó un alarido infernal. Al otro lado de la orilla, otros dos homínidos replicaban con sendos alaridos. Se miraron fijamente mientras el silencio sellaba algún tipo de acuerdo tácito. En ese momento algo volvió a deslumbrarle. Miró hacia el cielo y volvió a presenciar el estallido de luz blanca y su posterior residuo iridiscente. Cerró los ojos. La luz seguía grabada bajo sus párpados. Tenía forma de hongo.
El satélite estaba construido con aleaciones de grafeno y titanio. Una detonación de plasma enviaba un pulso luminoso que se expandía a través de una extensa red de hifas suspendidas en el cielo. Una proliferación de nódulos gaseosos blancos se entrelazaba parpadeando en un rango de azules y violetas.
¡Splash! El frente de ondas avanzó distorsionando los peces de lomo moteado que se dejaban ver en la superficie; la vegetación del fondo era enturbiada por una expansión de polvo; un tapiz de luz intensa parpadeaba en la superficie. Tras una nube de vapor, entre unos juncos altos, una estructura de acero zumbaba y emitía una secuencia de artificiales golpecitos. Con un palo en su peluda y mugrienta mano trazó una línea tras cada golpe fuerte. Miró hacia el horizonte y vio a los otros homínidos concentrados en torno a un agujero en un árbol. Cruzó con una horizontal algunas de las verticales. Aspiró ruidosamente y una serie de fenómenos guturales golpearon su garganta. El dibujo había dejado expuesto algo que le inquietaba. Esputó. Sintió un vacío inmenso en el estómago.
¡Splash! Un pato se estrelló en el agua. Una bandada aleteaba en todas direcciones a escasa distancia de la superficie. Los homínidos habían construido precarias boleadoras con piedras para cazarlos. Algunas eran absurdas cadenas con oscilaciones y trayectorias tan ridículamente caóticas que Funguswatcher tuvo suerte de conservar el ojo que le quedaba intacto. Los aullidos y golpes de los homínidos eran un irregular contrapunto al graznido y el aleteo de los patos. El ritmo era desenfrenado y el centro de aquel vórtice desatado no era otro que el visceral estómago de Funguswatcher. Su rostro embarrado estaba radiante. Un súbito latigazo de luz profunda traspasó sus ojos.
La excelente carne de pato triturada se unió a toda la microbiota estomacal. El tiempo empezó a transcurrir más rápido. Su felicidad exponencial pronto llegó a un altiplano de saciedad y hartazgo. Sus movimientos empezaron a resultarle más costosos. El tiempo se volvió lento. Empezó a notar en su cuerpo un hondo cansancio, a la par que una indescriptible y hermosa calidez interior. Funguswatcher no estaba solo.
Momwatcher cojeaba y tenía ya poco pelo. Todos habían comido en exceso y ella también. Apenas podían moverse. Se acercó a Funguswatcher y empezó a untarle el pómulo lastimado con un ungüento de hojas y lodo. Mientras, él sacudía la cabeza, gruñendo y dándole algunos manotazos. Momwatcher respondió con más manotazos y gruñidos. Se tiraron del pelo y se dieron algunos empujones hasta que acabaron relajándose. Una vez agotado el ungüento, también le limpió con esmero las costras de barro que tenía por el cuerpo. Funguswatcher sintió alivio y dejó caer su mano repetidas veces sobre la cabeza de Momwatcher en agradecimiento. Pronto sobrevino la calma y se quedaron dormidos, prácticamente uno encima del otro.
¡Splash! Funguswatcher se tiró al agua. Los mosquitos lo estaban devorando. Hacía calor. Ni una nube transitaba el cielo. Tras el baño escaló un árbol y pudo observar a poca distancia algo parecido a un buey. Fue saltando de rama en rama hasta abalanzarse sobre él y colgarse de su pelo. La bestia trató de zafarse con resoplidos y contorsiones. Finalmente lo consiguió y huyó algo aturdido y consternado. Funguswatcher no hizo ningún otro intento. Se quedó observando el hueco que el animal estaba husmeando en el árbol. Era un túnel con múltiples ramificaciones, las paredes estaban talladas en planos sucesivos con distintas inclinaciones. Diminutas termitas luminiscentes se movían en todas direcciones.
Observó con detenimiento toda aquella infraestructura y aquellos estrafalarios seres. Emitían un zumbido bajo y grave, y un fraseo entrecortado: Baba balghak, ghakí, taká…Baba balghak, ghakí, taká… Funguwatcher observaba algo confundido a la vez que fascinado. Aquella danza de puntos bioluminiscentes se arremolinaba trazando distintos ejes vorticales que no se terminaban nunca. Funguswatcher perdió toda noción de tiempo. La conciencia le iba y volvía de un sitio a otro, rebotando como un columpio.
A escasos metros una rana inmersionaba. También había unas garzas pescando. Vestían un plumaje sedoso de tonos rosados. Sus cuellos se desplegaban y sumergían delicadamente. Los peces parecían acercárseles como hechizados, desfilando directos hacia sus picos. La luz teñía de ámbar. El sol se ponía en el horizonte.
¡ Flash ! De nuevo aquel estallido de luz en el cielo cegó a Funguswatcher. Bajo sus párpados brotó una cascada de luz intensa. Abrió los ojos. Las garzas tenían una forma distinta, mucho más reluciente. Eran como palos quebrados que podían rehacerse y moverse en todas direcciones. Eran del mismo color claro uniforme y no tenían pelo. No había visto nunca nada parecido. Miró otra vez por el agujero de las termitas, creyendo que encontraría alguna respuesta. Y también todo era distinto ahí dentro. Esta vez los planos eran haces de luz en todas direcciones y un entrelazamiento geométrico parecía desvanecerse para aparecer de nuevo transformado y completamente distinto. Eso lo confundió. Tuvo, por momentos, la vaga intuición de percibir una razón comprensible dentro de aquel túnel endiablado, y con ella rememoró sus boleadoras y los patos, y aunque no logró trazar una relación directa, ese vago principio de conjetura casi llegó a marearlo.
La luz de las hifas se ralentizaba y atenuaba. Lo que fuera que estuviera procesando parecía acercarse a puntos críticos. Había repentinas interferencias en el flujo lumínico. La estructura parecía retroceder, disiparse y, de alguna forma, perder fuerza.
Funguswatcher tenía una sensación de victoria. Aspiraba fuerte. Todos los olores eran intensos. Se sentía inmenso. La leve brisa que irrumpió tras él se transformó en un alarmante zumbido. De pronto notó una presencia inquietante tras él. Al voltearse, se topó con un cuerpo enorme del color de la luz sobre el agua. Tenía también forma humanoide. Una llama le recorrió todo el cuerpo. Soltó un furioso alarido. Ambos se miraron fijamente. Soltó otro alarido todavía más alto a la par que un puñetazo tan fuerte que le quebró media mano. El golpe sonó metálico y hueco. El humanoide permaneció rígido e inmutable. Funguswatcher dio otro puñetazo con su otra mano y pensó en su boleadora, que lamentablemente no tenía cerca. Se hizo el silencio. Se oyó una leve percusión dentro de aquel cuerpo luminoso. Parecía estar procesando datos, conectado de alguna forma inexorable al entorno y al mismo tiempo absorto. El hongo del cielo empezó a emitir luz ultravioleta. Tras unos pitidos, el humanoide desactivó el sistema que generaba el oxígeno y este menguó rápidamente. La vida se desinfló ante sus ojos, que eran una superficie curvada de cristal de polímero oscuro. El astro solar irradiaba cegador en su cuerpo.
¡Flash! El estallido de luz fue inmenso. Tras un tiempo la luz se disipó. El satélite irradiaba bajo una neblina rosa. El pulso luminoso se atenuaba. La luz parpadeaba en cada una de las hifas, como una medusa en el vacío. Sus esporas gravitaban y descendían lentamente a una tierra que parecía yerma.
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Inspirado en el tema PYTHECANTHROPUS ERECTUS del álbum homónimo de CHARLES MINGUS. La portada fue realizada por el artista hispano-estadounidense Julio de Diego. Fue publicado en 1956 por ATLANTIC RECORDS._
