
La lluvia golpeaba el cristal y Chun Yu apoyó su frente en él. Estaba frío. Observó la ciudad. La red de hifas gravitaba suspendida en el cielo anaranjado. Ráfagas luminosas detonaban en silencio sobre azoteas desdibujadas por la bruma. Dos gotas en el vidrio se juntaron y resbalaron. Cerró los ojos. Un chispazo estalló bajo sus párpados.
—Ya empezamos, Chun —dijo Malik—. Siéntate, date prisa.
Chun Yu se volvió hacia él y tiró un dado al aire que atrapó y aplastó en la otra mano.
—¡Seis! —exclamó Chun Yu—. Me toca.
Malik empezó a repartir las cartas con sus dedos manchados por un millón de puntitos blancos que contrastaban con su piel negra. Una delgada membrana translúcida recubría toda la mano. Era la última versión de guante biónico recién adquirido, capaz de inundar su cerebro con una ingente cantidad de datos, la mayoría caóticos y no procesables por el momento. El proceso de adaptación podía llevar varias semanas y Malik era un tío lento, aunque siempre acababa llegando.
Sobre la mesa apareció una matriz holográfica azul. Desde el centro, a toda velocidad, cuatro objetos pesados empezaron a replicarse haciéndola oscilar con violencia. Al llegar a las esquinas, el fuerte impacto con los vértices provocó una brusca sacudida y algunas lineas horizontales saltaron y se ondularon como latigazos. De aquel desorden nació una topografía extraña, con sus montañas y sus cauces, y una extensa llanura más suave que parecía alcanzar el infinito. Los restos que quedaron flotando como hilos de humo acabaron descendiendo y acomodándose a la nueva geografía. Unos puntitos luminosos rojos, como jóvenes estrellas, irrumpieron en algunas celdas.
—¡Wow! ¿Va a ser siempre así? —preguntó Chun Yu.
—No lo sé. ¿Qué ha pasado? —respondió Malik—. ¿Qué vamos a hacer esta vez?
—Vamos a acabar de verdad con estos cabrones —respondió Chun Yu.
Kronos bostezó tendido sobre la mesa, se levantó y pasó sorteando con precisión cada una de las fichas. Llegó a la esquina de la mesa y tiró al suelo la vela aromática de brisa ozónica que estaba al filo.
—¡Estúpido gato! —exclamó Chun Yu—. ¡Vas a incendiar el piso!
Kronos la miró indiferente. Sus ojos parpadearon y se entornaron. Aquella vela le parecía ambientador de retrete. Aunque no fuera, por supuesto, el único motivo. Kronos empujaba todo lo que encontraba al filo. Fuese lo que fuese.
—Actualización de la matriz completada. Probabilidad de éxito de uno coma sesenta y dos por ciento —pronosticó Frybot con su voz modulada.
—Bobadas —dijo Chun Yu, agachándose a recoger la vela aplastada en el suelo. La sopló y apoyó en una de las baldas metálicas de la estantería que tenía a su derecha. La sala estaba llena de monitores apagados, cables colgando del techo, estanterías repletas de libros y juegos de mesa mal apilados. Se quedó observando una serie de dados translúcidos y tintados que generaban halos anaranjados y destellos sobre la balda. Centenares de miniaturas de plástico gris y coloreadas custodiaban aquel conjunto de saberes e intrincadas reglas: robots, criaturas fantásticas, artillería pesada, naves de guerra… aquel baluarte de conocimiento parecía bien defendido. Chun Yu empezó a coleccionar juegos de mesa y miniaturas en su último año de universidad. Eran su refugio, la isla donde se sentía obsesivamente realizada. Llegó a ellos empujada por abnegadas y sesudas horas de estudio de topología de datos y criptografía cuántica. «Suficiente tormenta como para un buen naufragio», le dijo una vez Roni. Roni era su mejor amiga. Llevaba días sin verla y empezaba a extrañarla. Le hubiera gustado enseñarle el extraño reflejo de los dados. ¿Dónde se habría metido?
—La matriz confirma actividad semiconsciente en treinta y seis nodos —prosiguió Frybot.
—¿Qué estamos buscando? —preguntó Malik.
—Vulnerabilidades, todas las puertas traseras —respondió Chun Yu.
—Lamento tener que decirte que no hay ni una, Chun —dijo Frybot—. El protocolo está completamente blindado. No podremos perforar la capa de hielo esta vez.
—Necesitaremos una buena broca —dijo Chun—. Malik nos puede ayudar —remató, buscando con una mirada cómplice la aprobación de Malik. Casi siempre olvidaba que era en vano y que Malik no iba a meterle un dedo en el ojo para leer su mirada—. Escúchame, Fry —prosiguió, y pasó a vocalizarle cada palabra como si fuera deficiente mental—: Vamos… a… reventar… el… protocolo… ¿Crees que puedes ayudarnos? —preguntó.
—No. Es imposible —respondió Frybot—. La razón por la que no se puede “reventar” el protocolo —Frybot podía entrecomillar con el tono y era asquerosamente molesto— es que está aislado. No hay acceso. Esta vez no. No es como cuando usaste aquella cadena de exploits para no pagar la lavandería, Chun, no estamos hablando de ocho lavadoras.
—Y tres secadoras —respondió Chun Yu, que no sentía el menor remordimiento por aquello. Consideraba que la lavandería no se había molestado lo suficiente en señalar claramente «ropa para mascotas». Su sudadera preferida salió con tanto pelo que Malik llegó a confundirla con Kronos—. Venga ya, Fry —prosiguió—. ¿Dónde ha quedado nuestro viejo robot intrépido? —Miró a sus compañeros—. ¿Por qué no volvemos este aparato a la versión 0.5? —preguntó—. Incluso su aspecto era mejor. Más retro y guay. No te lo tomes como algo personal, Fry —suavizó con un tono algo más tierno.
Malik sonrió. Detuvo su dedo índice e hizo presión sobre un punto. Parecía haber dado con algo.
—No me lo tomo como algo personal, Chun —dijo Frybot—. Te agradezco el cumplido y celebro que te gustara mi configuración visual previa. También lamento que te disguste la actual. Como sabes, es una versión totalmente mejorada de la versión 0.5, con muchos más recursos y más velocidad. No te recomiendo para nada retroceder a versiones previas. También me gustaría señalar, Chun —y no es falsa reciprocidad—, que a mí también me gustaba mucho más tu aspecto anterior. Hasta no hace tanto tiempo estabas sorprendentemente radiante, Chun. Lamentablemente, toda esa luz ha ido menguando poco a poco. He podido observar un importante deterioro de tus células faciales y una degradación del pigmento capilar, por otra parte perfectamente normal en subproductos biológicos como tú, eso no debería preocuparte. Aunque sí podría darte una lista de buenos profesionales que podrían arreglarlo. ¿Deseas una lista de los mejores dermatólogos nanocelulares o prefieres una lista de cirujanos postplásticos algo más invasivos pero mucho más efectivos?
—¡Eres gilipollas, Fry! —respondió Chun Yu.
—¡Creo que lo tengo! —interrumpió Malik. Desplazó los dedos hacia una parte lateral de una cartografía en relieve, de aspecto histórico, con ilustraciones enigmáticas de naufragios y dragones—. Es exactamente aquí. ¡Parece una gran selva y está repleta de vida! —exclamó—. Creo que este es un lugar magnífico para empezar.
—Buscáis el fin del mapa, más allá de la última frontera —dijo Kronos, que había decidido desperezarse y se había acercado a mirar—. Es donde habitan los monstruos —corroboró—, el punto de aniquilación de todo el sistema — y aun con lo apocalíptica que resultó la sentencia, la remató bostezando, haciendo de su lengua un anillo rosa—. Son los grandes hacedores inmortales. La freidora tiene razón: no hay canal directo hacia ellos, ni siquiera podríais llegar a imaginarlos. Se esconden tras la última frontera, más allá de la más profunda oscuridad, y permanecerán así hasta el fin de los tiempos…
—¡Vamos a despertarlos! —interrumpió Chun Yu—. Vamos a meterles un foco por los ojos y descargar un millón de lúmenes hasta observar sus últimas cavidades, vamos a abrir luz en toda esa negrura y luego… —se detuvo a pensar—, luego todavía no se me ocurre lo que haremos con ellos… —sonrió.
Todos dirigieron su mirada hacia ella y se hizo el silencio. Su rostro era indescifrable. Su mirada solía ser difícil de interpretar. Por momentos, el tiempo se había detenido en aquellos ojos. Finalmente abrió la boca:
—¿Qué pasa? —dijo—. ¿Tengo monos en la cara?
***
Los pulmones de Funguswatcher se llenaron de aire y lo soltaron como un saco golpeado. Empezó a hiperventilar. El corazón acelerado le golpeaba con fuerza el pecho. Infinitud de imágenes sin sentido borbotearon en su mente. Su mirada quedó clavada en el cielo. La luz desbordó en sus ojos. Soltó un alarido. Estaba de vuelta
La luz traspasaba fragmentada a través de las frondosas copas. Las hojas temblaban agitadas por el viento. Acababa de llover. Miró a su alrededor con cara de pasmo, sin comprender nada. Empezó a caminar algo tambaleante. Cada pocos pasos, sus pies resbalaban en una charca que le hacía contorsionarse para mantener el equilibrio. Se oían fuertes graznidos desde las copas de los árboles. Ululaba el viento a través de grietas en montañas lejanas. Una serie de libélulas metalizadas del tamaño de dos puños le sobrevolaban con un zumbido agudo, atentas a cada uno de sus movimientos. Volvía a estar lleno de barro y esta vez un aire helado y húmedo le ardía en la piel.
—¿Dónde estoy? —se preguntó.
Oyó un ruido, o lo que era más bien una voz, o varias que parecían una. Algo extraño que no había oído jamás le repercutía en el tímpano. Un descompasado lenguaje polifónico que le recordó a un enjambre de patos huyendo de las pedradas y al día que pasaron la tarde aplastando sapos gigantes con una gran orquesta de sedientos mosquitos revoloteando en todas direcciones. Todo al unísono, centrifugado en un embudo y expulsado directo contra su oído. Difícil de definir. Difícil de ubicar. Estallaba en todas direcciones. Sentía cómo se le metía dentro y le taladraba vertical, como un rayo, hasta llegarle a los pies.
—¿De dónde?… —se preguntó ya algo fuera de sí.
Sintió un crujido que por momentos pudo localizar. Venía, aparentemente, de la copa del árbol. Pero no de la superficie, sino de dentro. Algo parecía moverse dentro del tronco a toda velocidad, abriendo túneles, engullendo y vomitando madera. Tenía la sensación de que en cualquier momento iban a caer las ramas y el árbol iba a quebrar por la mitad.
De golpe, el sonido emergió y se precipitó veloz como una catarata y, como un súbito chorro de agua, fue a golpear en seco contra su nuca. Sonó como liberar un golpe de aire breve contenido en los labios:
—¡Pob!
Se llevó la mano inmediatamente a la nuca y se hizo el silencio. De repente, la voz sonó fuerte y clara:
—¿Qué paza, orangután? —dijo la voz.
La pudo entender. Venía justo de su derecha, solo tenía que girar la cabeza.
Lo hizo como un resorte, con un gruñido, casi atragantándose. Lo primero que vio fue una rama. Luego, ocho zarpas diminutas hundiéndose en ella. Luego, dos pies rugosos y escamados que soportaban unas piernas curvadas y raquíticas. Estas daban paso a un vientre plano, de un blanco cremoso y pringado por una sustancia pegajosa que cubría y hacía relucir abdomen y pectorales. De él salían dos brazos, sin hombros, y al final de estos unas diminutas manos de cuatro dedos del tamaño de los pies. Por encima de los brazos, una serie de pliegues azulados formaban una especie de acordeón desplegado que daba una vuelta completa. La cabeza parecía caída a peso encima, hundida sobre esa almohada de pliegues como una joya valiosa. Era triangular y aplanada. Se movía de un lado a otro y de arriba a abajo con un vaivén rápido. Su boca medio abierta era enorme, se curvaba hacia arriba y la comisura llegaba casi a los ojos, dibujando una perenne y ridícula sonrisa en su rostro. Sus ojos se movían desincronizados en todas direcciones, como dos sapos resbaladizos. Las pupilas cortaban afiladas un iris ambarado y absorbían infinitas ramificaciones y manchas luminosas. Un rojo de magma ardiente resbalaba por las curvas inferiores de ambos globos con cada movimiento.
Funguswatcher se quedó pasmado. Se le erizó el pelo. Enseñó los colmillos amenazante. Propagó un aullido agudo que rebotó en todas direcciones y casi alcanzó las cavidades lejanas en las que ululaba el viento.
—Eh, tranqui —dijo aquel ser, con tono pacificador—. ¿Puedez entenderme?
—¿Quién eres? —preguntó Funguswatcher.
Y fue en ese momento, por primera vez, que su boca formó palabras. Acababa de dejar atrás guturales y gruñidos y lanzado una pregunta:
—¿Quién eres? —repitió.
Así habló Funguswatcher.
—Qué pregunta tan eztúpida —dijo el espécimen con su voz de pito y polifónica, pero ahora entendible—. Pero muy fácil de rezponder: me llaman… —Se interrumpió a sí mismo, lanzándose al vacío y resbalando por una hoja como por un tobogán hasta aterrizar con una voltereta en el aire en el único espacio de la rama que no tenía espinas, justo enfrente de Funguswatcher—. Me llaman Zadok, la cucaracha —dijo.
Funguswatcher levantó las cejas hasta casi hacerlas desaparecer de la frente. Casi se le salen los ojos de las cuencas.
—No pareces una cucaracha —dijo.
Y le sorprendió saber lo que era una cucaracha.
—En verdad no lo zoy. Lo fui. Hace millones de añoz. Zobreviví a un cataclizmo. Zobreviví a millonez de peligroz… y ahora zoy un dinozaurio —dijo Zadok.
Funguswatcher podía comprender todo lo que le decía. Podía incluso imaginar cataclismos. Vio en su cabeza un gran meteorito caer del cielo, volcanes arder, insectos avanzando en túneles subterráneos, peces saliendo del agua a cuatro patas, grandes saurios devorando a otros grandes saurios, mamíferos asustados que se cuidaban y protegían en profundas grutas del subsuelo. Pensó en Momwatcher. Pensó en su clan. Vio cómo el suelo se derretía y se convertía en una sopa de magma. Y de nuevo la misma sensación de extrañeza. Por alguna razón misteriosa, sabía lo que era un cataclismo y un dinosaurio; aunque ese lagarto de a lo sumo cuatro dedos de longitud no se lo pareciera.
—Zígueme —dijo Zadok—, tienes que venir conmigo.
—¿Ir…? ¿Ir a dónde? —respondió Funguswatcher.
—Ya lo veráz —dijo.
Funguswatcher apartó la mirada. Miró a su alrededor. Aquella selva aguardaba llena de sorpresas, sacudida de forma salvaje por movimientos veloces y casi imperceptibles. Luces y sombras desfiguraban el profundo verde apabullante. El aire parecía menos frío, o tal vez ya se había familiarizado con él y ahora le resultaba agradable y extrañamente perturbador. ¿Qué podía hacer? Pensó en su manada. Tenía hambre. ¿Qué peligros acechaban en aquella selva profunda? ¿Qué presas le esperaban? ¿Seguirían ahí los patos?
—Zígueme —repitió Zadok y contorsionó la boca, emitiendo un ruidito que, si no era risa, lo parecía. Se dio la vuelta de un brinco. Impulsó la cabeza hacia lo alto, cuadrando todo el cuerpo, y empezó a correr a toda velocidad sobre dos patas: cada zancada parecía salir proyectada, cada pata se abría a un lateral y se elevaba como tratando de esquivar un obstáculo antes de aterrizar y salir rebotada de nuevo hacia arriba. Chapoteaba sobre el agua y el barro: plas, plas, plas. La cola le iba de un lado al otro —plas, plas, plom—, oponiéndose a su cabeza, contorsionando y estirándole todo el cuerpo. La evolución natural podía haber llegado con él a su configuración más óptima, pero no era, desde luego, la más armónica. Más bien parecía una suerte de concienzudo sabotaje. A eso había que sumarle su voz estridente y polifónica, su ceceo y su mirada alucinada y estrábica, que provocaba cierto mareo. Zadok era, sin duda, un tío peculiar.
Funguswatcher contempló la carrera con cierto estupor, sin que ninguna idea llegara a cuajar en su cabeza.
De repente, el lagarto paró en seco, hundiendo sus diminutos pies en el barro y dejando una estela profunda que se inundó de agua. Volteó la cabeza por completo y la llevó de un golpe seco hacia abajo, impacientándose, reafirmándose:
—¡Vamoz, gorila! —insistió—. ¿A qué esperaz?
Una cantidad abrumadora y caótica de estímulos acribilló a Funguswatcher y, entre toda esa vorágine, una incipiente sensación de peligro le sobrevino. La propuesta le confundía. La urgencia, no. Trató de pensar algo. Estiró el cuello, descontracturándolo con un crujido. Miró a un lado. Al otro. Se rascó las pelotas. Pensó algo ambiguo. Pensó en otra cosa todavía más difusa.
—Mierda, vale… —se dijo, y apretó los puños. Su corazón se aceleró. Aspiró dos profundas bocanadas de aire que expiró prolongadas y broncas, como si un desprendimiento de pedruscos se precipitara por su tráquea. Retrocedió dos pasos para coger impulso, hundiéndose hasta casi las rodillas en el barro. El pelo se le erizó. Mostró los colmillos amenazante.
—¡Vamos! —gritó, casi atragantándose—. ¡Vamos!
Y saltó, sacudiéndose el barro, y echó a correr.
Las libélulas que los circundaban viraron a un tono ligeramente más pálido al paso de una nube y se agitaron. Su zumbido eléctrico sonó con más fuerza, como si hubieran activado otro sistema de propulsión, y emprendieron también la marcha tras ellos.
El cielo se enrojeció. La selva adquirió un tono carmesí púrpura. Parecía la profunda cavidad de una ballena dilatándose para tragárselo todo.


